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Alfa 65
El primer número de Alfa de 2026 propone un recorrido integral por el ámbito nuclear, en el que convergen la innovación tecnológica, el análisis regulatorio y la memoria ambiental. El eje central de la publicación se detiene en la tecnología láser de alta intensidad, explorando sus aplicaciones más punteras: desde la producción de radioisótopos para el diagnóstico médico hasta el desarrollo de sistemas de dosimetría adaptados a pulsos ultracortos. Esta tecnología no solo resulta clave en la medicina, sino que se revela fundamental en el análisis de materiales, la descontaminación de instalaciones y la investigación avanzada en fusión nuclear, conectando los avances científicos recientes con los desafíos de seguridad que marcan su evolución actual.
La entrevista se dedica a Jaime Domínguez Abascal, presidente de la Real Academia de Ingeniería, quien aporta una visión profunda sobre la evolución de esta materia, la transferencia de conocimiento y la necesidad de reforzar las capacidades europeas en ámbitos estratégicos. Su planteamiento subraya que la innovación exige continuidad y una conexión efectiva entre la investigación, la industria y el servicio público.
La publicación reserva un espacio para la presencia de la ciencia en la cultura popular y la historia. La sección dedicada a la relación entre ciencia y superhéroes muestra cómo la radiactividad y la física teórica alimentaron los relatos heroicos del siglo XX, convirtiéndose en símbolos sociales de poder y transformación. Esta perspectiva histórica culmina con la figura de Enrico Fermi, cuya claridad conceptual y capacidad para resolver problemas complejos siguen siendo una referencia fundamental para entender los desarrollos más influyentes de la física nuclear contemporánea.
Ciencia y superhéroes. Ciencia y superhéroes

Desde mediados del siglo XX, ciencia y cultura popular se han entrelazado en un diálogo constante. La radiactividad, la energía nuclear, la genética y la física teórica alimentaron buena parte del imaginario de los superhéroes. Explorar las raíces científicas y simbólicas de esta relación ayuda a comprender cómo los avances reales –y los temores colectivos– dieron forma a figuras que, bajo el disfraz del mito, reflejan aspiraciones y dilemas éticos de la modernidad.
Texto: Nazario Segura
El superhéroe es heredero del Prometeo que roba el fuego a los dioses: el conocimiento como poder y, a la vez, como riesgo. Mary Shelley reformuló esa tensión en Frankenstein o el moderno Prometeo (1818), donde el científico que transgrede los límites naturales paga el precio de su ambición. En el siglo XX, el filósofo Hans Jonas planteó en Das Prinzip Verantwortung (1979) la necesidad de una ética proporcional al alcance de la técnica. Mucho antes, François Rabelais había condensado la advertencia en su máxima «Ciencia sin conciencia no es más que ruina del alma». De Prometeo a los laboratorios atómicos, ciencia y ética comparten la misma frontera: la del poder y su control.
Radiación y poder: de Curie a Hulk
El descubrimiento de la radiactividad natural por Henri Becquerel (1896) y el trabajo de Marie y Pierre Curie marcaron un punto de inflexión en la comprensión de la materia. Marie Curie acuñó el término «radioactividad» para designar la emisión espontánea de radiación por ciertos elementos y abrió un campo nuevo de investigación. En las primeras décadas del siglo XX, la fascinación por el átomo se extendió más allá del laboratorio: productos cosméticos, tónicos «curativos» y objetos de uso cotidiano con sustancias luminiscentes reflejaron un optimismo tecnológico que hoy se interpreta también como un caso histórico de mala evaluación del riesgo.
El siglo, sin embargo, conoció pronto su reverso. Las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki (agosto de 1945) provocaron, según estimaciones de la Radiation Effects Research Foundation (RERF), entre 90 000 y 166 000 muertes en Hiroshima y entre 60 000 y 80 000 en Nagasaki en los primeros meses tras los bombardeos, con incertidumbres inevitables por la destrucción de registros y las muertes posteriores asociadas a quemaduras, traumatismos y exposición a radiación ionizante. Desde entonces, el adjetivo «nuclear» encarna a la vez la promesa del progreso y la amenaza del aniquilamiento.
La cultura popular respondió a esa dualidad. El monstruo irradiado –del Godzilla cinematográfico (1954) al Increíble Hulk (1962)– simboliza el miedo a que el saber humano desborde sus límites. En términos físicos, la radiación gamma es radiación electromagnética ionizante de alta energía: su interacción con la materia viva produce ionizaciones, roturas en el ADN y daño tisular. Convertirla en «origen de poder» en la ficción es, por tanto, una metáfora de la ambivalencia del conocimiento: una fuerza capaz de curar o de destruir, según el contexto y los controles.
Mutaciones, evolución y genética
La publicación de El origen de las especies (Darwin, 1859) introdujo una visión dinámica de la vida: la diversidad como resultado de variación y selección. Un siglo después, la biología molecular dio un salto decisivo cuando James Watson y Francis Crick describieron la estructura de doble hélice del ADN (1953), apoyándose en los datos de difracción de rayos X obtenidos por Rosalind Franklin y Maurice Wilkins. Medio siglo más tarde, la culminación del Proyecto Genoma Humano (2003) consolidó la idea de que el código biológico podía ser leído, comparado y, con el tiempo, intervenido.
La cultura popular convirtió ese vértigo científico en argumento. Los X‑Men dramatizan la mutación hereditaria como rasgo identitario y político; Spider‑Man encarna, en clave de fábula, la ansiedad del cuerpo transformado tras un accidente asociado a la radiación; y Daredevil traduce a lenguaje heroico el miedo a la toxicidad industrial. No son «predicciones» científicas, sino alegorías del límite: cuándo la alteración biológica deja de ser accidente para convertirse en diseño.
La edición genética ha trasladado parte de ese límite a la realidad. La herramienta CRISPR‑Cas9, descrita en 2012 por Emmanuelle Charpentier y Jennifer A. Doudna, permite realizar cortes dirigidos en ADN con elevada especificidad y ha transformado la investigación biomédica. A ello se suman las células madre pluripotentes inducidas (iPS), obtenidas por Shinya Yamanaka en 2006, que abren vías para estudiar enfermedades y desarrollar estrategias de medicina regenerativa. En ambos casos, el desafío no es solo técnico: el poder sobre la vida obliga a definir con rigor qué usos son aceptables, qué riesgos son tolerables y qué salvaguardas deben imponerse.
Física avanzada y materiales imposibles
La física teórica llevó la imaginación humana más allá del átomo. En 1968, Gabriele Veneziano propuso una amplitud de dispersión para describir determinadas interacciones hadrónicas en el marco del entonces llamado modelo de resonancia dual. Con el tiempo, esa formulación se interpretó como la huella matemática de objetos unidimensionales (cuerdas) y se convirtió en uno de los puntos de partida históricos de la teoría de cuerdas. En las décadas siguientes, contribuciones de John Schwarz, Joël Scherk y Michael Green impulsaron el desarrollo de la teoría de supercuerdas; en 1995, Edward Witten propuso un marco unificador –la denominada teoría M– en el que las distintas teorías de supercuerdas pueden entenderse como límites de una teoría en once dimensiones.
En el terreno aplicado, la ciencia de materiales ha dado cuerpo a ficciones tecnológicas. El exoesqueleto de Iron Man exagera –con licencia narrativa– líneas reales de investigación en robótica wearable, materiales compuestos, actuadores y almacenamiento energético. El vibranium de Black Panther, por su parte, funciona como metáfora del «material total»: ultrarresistente, capaz de amortiguar impactos y de gestionar energía. En el mundo real no existe un equivalente único, pero sí familias de materiales avanzados (nanocompuestos, retículas ultraligeras o metamateriales) con propiedades emergentes diseñadas a partir de su estructura, más que de su composición química.
Neurociencia y poder mental
El cerebro, último territorio del misterio, se ha convertido en protagonista de una nueva fron - tera tecnológica. La ficción an - ticipó esa ambición con figuras como el Profesor X, cuya tele - patía simboliza la comunicación total. La investigación contem - poránea trabaja con objetivos mucho más concretos, pero no menos transformadores: restau - rar funciones perdidas por lesión o enfermedad.
En estudios con personas con tetraplejia, las interfaces cerebro ‑ máquina (brain-computer interfaces, BCI) basadas en registros intracorticales han permitido controlar un cursor o un brazo robótico para ejecutar tareas de alcance y prensión. Estos logros, obtenidos en entornos experi - mentales y con muestras peque - ñas, muestran una vía de rehabili - tación y autonomía, pero también evidencian límites actuales: ne - cesidad de calibración, estabili - dad de señal, biocompatibilidad a largo plazo y ciberseguridad. Pro - gramas de agencias como DARPA han impulsado líneas de inves - tigación orientadas a interfaces neuronales y sistemas neuropro - tésicos con aplicaciones médicas.
Ciencia, mito y responsabilidad
çEl universo de los superhéroes funciona como un espejo cultural de la modernidad científica. La radiactividad, la ingeniería genética, los materiales avanzados o la neurotecnología no son solo recursos narrativos: son metáforas del poder humano sobre la naturaleza y de sus riesgos.
Ese poder no es abstracto. La historia del siglo XX mostró con crudeza que el conocimiento puede traducirse en destrucción masiva, pero también en medicina nuclear, radioterapia, diagnóstico por imagen y tecnologías que mejoran la seguridad industrial. En el ámbito nuclear, la lección es especialmente clara: la legitimidad social de cualquier aplicación depende de marcos robustos de seguridad, protección radiológica, transparencia y control regulatorio.
La divulgación rigurosa –incluida la que analiza la ciencia en la cultura popular– contribuye a esa legitimidad. Al poner en relación mito y laboratorio, el relato superheroico recuerda una verdad incómoda: la pregunta decisiva no es qué puede hacerse, sino bajo qué condiciones, con qué controles y con qué responsabilidades.
