CSN Lo que el arte oculta - Alfa 64 Revista Alfa

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Alfa 64

En el último número de Alfa de 2025 la seguridad y la protección radiológica sirven de hilo conductor a través de tres reportajes. El primero se centra en los combustibles de tecnología avanzada, una de las líneas de innovación más activas en el ámbito internacional. El segundo traslada al escenario de la conservación de la fauna amenazada. El Proyecto Risótopo muestra cómo el uso controlado de radioisótopos puede convertirse en una herramienta innovadora para combatir la caza furtiva de rinocerontes. El tercero aborda el papel de las instalaciones nucleares en contextos de conflicto armado. La entrevista a Isabel Fariñas reflexiona sobre el valor de la ciencia básica, el peso de la evidencia experimental en la toma de decisiones y la importancia de sostener proyectos de largo recorrido para que el conocimiento acabe traduciéndose en beneficios clínicos y sociales. 

La sección más técnica de Alfa profundiza en el uso de herramientas avanzadas de simulación para el estudio de incendios en centrales nucleares -fruto de años de colaboración entre el CSN y la Universidad de Cantabria- y también revisa la experiencia acumulada en vigilancia radiológica ambiental. En España, el Consejo desarrolla desde hace más de tres décadas un completo sistema que garantiza el seguimiento continuo de la calidad radiológica del medioambiente.

La Radiografía nos acerca el funcionamiento de las subestaciones de 400kV y la forma en que la energía producida por las centrales nucleares españolas en servicio se incorpora a la red de transporte eléctrico. Además, la sección Ciencia y Arte se detiene en esta ocasión en la aplicación de técnicas científicas al estudio y conservación del patrimonio. En las páginas de I+D, el protagonismo recae en un trabajo dedicado al Proyecto Karst y al estudio del radón en entornos kársticos. 

Atzealdea

Lo que el arte oculta

La ciencia no solo participa en la creación de expresiones artísticas. Acompaña a los procedimientos de análisis y favorece nuevas técnicas para su preservación. Desde la datación mediante 14C hasta cámaras de atmósfera controlada y radiografías que penetran los lienzos, diversas metodologías permiten comprender en profundidad las obras pictóricas y asegurar su supervivencia para las generaciones futuras.  

Texto: Isabel Alonso

El Museo de Orsay (París) custodia una de las obras más famosas de Jean-François Millet: El Ángelus. Una pareja de campesinos detiene su trabajo en un campo desierto para rezar. La luz ambarina que inunda el cielo y no logra desterrar el frío que envuelve el lienzo apenas los ilumina y deja entrever instrumentos de labranza y un cesto de patatas a sus pies. Donde muchos solo observaban una de las escenas campesinas que proliferaron en el siglo XIX, Salvador Dalí supo ver algo más. Su insistencia llevó al Louvre a utilizar rayos X para analizar el lienzo y, bajo la capa de pintura final, en el lugar del cesto apareció un rectángulo oscuro. Interpretado como un diminuto ataúd por algunas fuentes, el hallazgo otorgó una nueva lectura a la escena y abrió interrogantes que hoy siguen sin resolverse. El Ángelus no es el único lienzo sometido a este tipo de análisis. El Museo Nacional del Prado cuenta desde 1975 con una instalación propia –autorizada y supervisada por el Consejo de Seguridad Nuclear– para radiografiar piezas de su catálogo, como El descendimiento, de Rogier van der Weyden, o El cazador cargando la escopeta, de Goya. «Esta técnica revela lo que el ojo no ve y muestra el interior de las obras, aportando una información de gran valor sobre fabricación de los soportes, modificaciones durante el proceso pictórico, estado de conservación de piezas y materiales y procedimientos empleados por los artistas», explican desde el museo, que en 2023 solicitó un equipo de tomografía computarizada.

Los tipos de pigmentos, el ligamento del soporte, reparaciones antiguas, zonas repintadas, refuerzos estructurales del bastidor o incluso obras anteriores ocultas bajo la capa final son parte de la información que se puede conseguir mediante esta metodología. No obstante, no es el único recurso utilizado por los museos para el diagnóstico de las creaciones artísticas.

La fotografía ultravioleta, por ejemplo, permite identificar materiales y determinar su antigüedad. Al aplicar luz ultravioleta sobre un lienzo, se produce un fenómeno denominado fluorescencia inducida. Los átomos de las moléculas de los materiales absorben energía y emiten un tipo de radiación electromagnética con una longitud de onda más larga y dentro del espectro visible: fluorescencia. Su intensidad varía según la composición de cada material –pigmentos como el amarillo de cadmio presentan una fluorescencia intensa–, su grado de envejecimiento –la oxidación y polimerización la aumentan– o las mezclas que se han llevado a cabo – el blanco de plomo apenas presenta fluorescencia, pero combinado con el aceite de linaza es capaz de inducirla–. El método puede detectar retoques, repintes o comprobar el estado de la capa de barniz.

También se pueden detectar restauraciones anteriores, inscripciones o firmas mediante reflectografía infrarroja. Esta técnica utiliza radiación del infrarrojo cercano, capaz de penetrar las capas superficiales de pintura hasta alcanzar el dibujo preparatorio o los trazos subyacentes realizados con materiales ricos en carbono. 

Asimismo, la macrofotografía aplicada a las obras de arte permite ampliar la imagen hasta observar detalles que, en condiciones normales, pasan inadvertidos para el ojo humano, como las variaciones de matices, las pinceladas y las texturas que componen cada cuadro.

Insectos, hongos y el desafío de la conservación

En 2022, el Museo de Arte Contemporáneo de Teherán cerró temporalmente sus puertas tras detectar visitantes indeseados: dentro del marco de una obra de los fotógrafos Bernd e Hilla Becher, habitaban varios pececillos de plata que se alimentaban del papel. De inmediato, comenzaron las labores de fumigación para acabar con la plaga.

Más allá de lo anecdótico, el incidente evidenció un gran peligro para la conservación artística. Asegurar la longevidad del patrimonio requiere una serie de cuidados y procesos que combinan biología, química y tecnología precisa. Los museos modernos aplican protocolos de gestión integral de plagas para detectar y neutralizar amenazas como polillas, termitas o xilófagos. Estos insectos se sienten especialmente atraídos por materiales orgánicos, por lo que su prevención es esencial. Cuando el problema aparece, la ciencia se hace indispensable.

Uno de los métodos utilizados precisa cámaras de atmósfera controlada, para aislar las piezas afectadas durante varias semanas en un entorno donde el oxígeno se sustituye por gases inertes, como el nitrógeno o el argón. Privados de oxígeno, los insectos y sus larvas mueren por asfixia sin recurrir a pesticidas ni biocidas, evitando residuos químicos en las obras. No obstante, es necesario conocer los pigmentos utilizados: si el cuadro contiene azul de Prusia, la anoxia provoca un cambio en su estructura química y, como consecuencia, su decoloración.

En algunos casos, el tratamiento se realiza mediante congelación controlada y las piezas se introducen en cámaras a temperaturas entre -20 y -40 ºC durante varios días. Este procedimiento no es aconsejable en acrílicos u óleos sobre lienzo, para evitar su deterioro. En otros, es necesario recurrir a la ciencia nuclear: una dosis muy baja de radiación ionizante es letal para las plagas, pero inocua para los cuadros.

A veces, el daño proviene de condiciones ambientales. Con demasiada humedad, los hongos encuentran el entorno ideal para su desarrollo, llegando a alterar la composición química de los pigmentos y modificar los colores. Para detectarlos, existen metodologías basadas en sistemas hiperespectrales, que permiten identificar variaciones en la superficie imperceptibles al ojo humano y localizar zonas afectadas por microorganismos o compuestos orgánicos en descomposición, sin necesidad de tomar muestras directas; en otras ocasiones se recurre al análisis molecular, que facilita el hallazgo de las especies responsables y determinar el tratamiento más adecuado.

Reparar el daño

En el centro de Pompeya, a apenas cien metros del foro, la Casa de Ariadna fue uno de los grandes descubrimientos del siglo XIX por sus pinturas murales. El paso del tiempo y una meteorología adversa han favorecido el deterioro y algunos frescos se han desprendido o presentan eflorescencias salinas que incrementan su decadencia, como ocurre en muchas partes del yacimiento.

Sensores de microclima, mediciones de radiación electromagnética y exploración de materiales son algunos métodos utilizados para monitorizar el estado de los frescos y determinar que la combinación de humedad, contaminación atmosférica y sales de ascenso capilar son los principales agentes de degradación. A partir de ahí, se han diseñado actuaciones de consolidación estructural y de limpieza controlada.

En los museos, la radiografía, la reflectografía infrarroja o la fluorescencia de rayos X ayudan a identificar grietas ocultas, capas de repinte o pigmentos inestables, mientras que los estudios fisicoquímicos determinan la composición de los materiales y su grado de deterioro.

Una vez determinado el alcance de los daños y la fórmula idónea de reparación, comienza el proceso de restauración. Si la superficie está cubierta por una capa de suciedad o barniz oxidado, se opta por geles acuosos o emulsiones controladas; cuando el soporte está roto, se aplican adhesivos sintéticos diseñados para envejecer de forma compatible con los materiales naturales; si es necesario pintar alguna parte, los pigmentos se mezclan con aglutinantes reversibles que pueden retirarse sin dejar rastro y, a la hora de barnizar, se priorizan materiales estables, transparentes y fácilmente solubles en el futuro.

El minucioso trabajo llevado a cabo en laboratorios de restauración suele pasar inadvertido para el público. Por ejemplo, en la sala 7 del Museo de Orsay, tras una cristalera que observa el paso de cientos de turistas al día, numerosos técnicos especializados se afanan en labores de recuperación, ajenos al tránsito de visitantes. Se trata de Un Enterrement à Ornans, inmensa obra de Gustave Courbet que el museo ha decidido restaurar in situ, ofreciendo incluso visitas guiadas para explicar los procesos.

Ciencia, arte e inspiración

Acercar ciencia y arte al público general es una de las misiones del Ars Electronica Festival que se celebra en Linz, Austria. El festival forma parte de la iniciativa STARTS (Science, Technology & Arts) de la Comisión Europea, que promueve la colaboración entre artistas, científicos e investigadores. Cada año, acoge presentaciones, exposiciones y debates donde arte, ciencia y tecnología se encuentran y se presentan ante el público. El encuentro incluye una muestra de los proyectos seleccionados por el STARTS Prize, talleres y conferencias. Los visitantes pueden interactuar con los equipos creativos y científicos que se encuentran detrás de cada propuesta.