Alfa 67
El reportaje sobre la evolución de la gestión de residuos radiactivos aborda el cambio desde los antiguos vertidos oceánicos hasta la cultura actual de caracterización, confinamiento y vigilancia, apoyada en los hallazgos de las campañas submarinas NODSSUM en el Atlántico. El espacio dedicado al transporte de material nuclear se adentra en los sistemas técnicos y reguladores que permiten el movimiento anual de millones de envíos, analizando el reto de las denegaciones y demoras en radiofármacos. Por su parte, la entrevista a Silvia Calzón, consejera del CSN, aporta una reflexión sobre la prevención, la cultura de seguridad, la cooperación institucional y la importancia de que las organizaciones sean verdaderamente comprensibles para la sociedad.
El artículo técnico presenta las claves del almacenamiento geológico profundo de residuos radiactivos a partir de un taller internacional en Madrid con especialistas de más de veinte países. Completan el número la propuesta educativa «Aprender ciencia haciendo ciencia» para fomentar el juicio crítico en las aulas, el perfil de la plataforma PEPRI sobre coordinación de la I+D+i en protección radiológica, y la trayectoria de Katalin Karikó en «Ciencia con nombre propio» sobre el desarrollo de las vacunas de ARNm.
Cuando los primeros grupos de Homo antecessor llegaron a la sierra de Atapuerca, el paisaje que observaron era muy distinto del actual. Zonas boscosas, humedales y praderas en las que pastaban grandes herbívoros, como ciervos o bisontes, componían un entorno en el que también existían otros depredadores, como los osos. Más de 850 000 años después, el paisaje es distinto. La reducción de las precipitaciones, la variación de las temperaturas, la evolución de los ecosistemas, la desaparición de especies y la actividad humana han ido transformando el territorio hasta configurar un entorno en el que los campos de cultivo se mezclan con pastizales, zonas de matorral, masas forestales, vías de comunicación y asentamientos humanos.
Texto: Isabel Robles
El paisaje y la gestión medioambiental
Los paisajes son el resultado de la interacción entre los elementos naturales y las actividades humanas. El Convenio Europeo del Paisaje, que entró en vigor en España en 2008, adopta una definición amplia que incluye también los entornos urbanos e industriales, como el de Blaenavon, en el Reino Unido, declarado Patrimonio de la Humanidad.
Sin embargo, los paisajes no son estáticos: cambian a medida que lo hacen las condiciones naturales y la forma en que las sociedades utilizan el territorio. La expansión de las ciudades y las infraestructuras, la intensificación de la agricultura y el posterior abandono de cultivos, la introducción de especies exógenas o la transformación de los bosques modifican la distribución y la composición de los diferentes hábitats y pueden llegar a provocar la pérdida de ecosistemas. No obstante, estas modificaciones también dan lugar a la creación de nuevos entornos; es el caso de determinados paisajes agrícolas y ganaderos en los que la actividad humana resulta esencial para conservar su estructura y mantener o incluso aumentar su biodiversidad.
En Países Bajos, el proyecto Biodiverse Field Mosaic (BAM) se basa en esta premisa. El predominio del monocultivo redujo la biodiversidad, por lo que se propuso a varios agricultores combinar especies, franjas de vegetación herbácea y plantas destinadas a generar hábitats para insectos y aves, creando un paisaje agrícola en mosaico sin perder su carácter productivo. También se ha fomentado la reducción del uso de productos químicos para el control de malas hierbas y plagas, la plantación de cultivos de cobertura y la adaptación de las labores de siega y cosecha con el propósito de reducir su impacto sobre la fauna, lo que ha contribuido a favorecer la biodiversidad de la zona.
Además, algunas intervenciones pueden aumentar el valor del paisaje. En España, las dehesas constituyen un buen ejemplo: se extienden por cinco comunidades autónomas, con especial presencia en Extremadura. A partir de antiguas formaciones de bosque mediterráneo, encinas y alcornoques, bajo los que crecen jaras, retamas y cantuesos, dan forma a un entorno donde conviven el aprovechamiento ganadero, agrícola y forestal y una elevada diversidad de especies.
Sin embargo, el cambio climático, la despoblación y el abandono de algunas actividades tradicionales amenazan la pervivencia de estos paisajes.
Retos del planeta
Sequías extremas, episodios de lluvia torrencial o tormentas de granizo son algunos de los fenómenos que se reparten con cada vez más frecuencia por todo el globo. Un estudio publicado en julio de 2026 por World Weather Attribution sobre la sequía que afectó a Europa durante la primavera y el comienzo del verano muestra que el calentamiento está agravando este tipo de episodios. Entre abril y junio, amplias zonas del continente, desde Portugal hasta Finlandia, recibieron menos precipitaciones de lo habitual. Sin embargo, el análisis concluye que fue el calor, al intensificar la demanda evaporativa de la atmósfera, el principal factor que agravó la sequía. «Los resultados muestran que esta sequía no se debe principalmente a las escasas precipitaciones, sino a una atmósfera más cálida que está provocando un mayor déficit de humedad en la tierra», explicó Mariam Zachariah, una de las autoras del estudio. «Esto significa que incluso en las regiones donde la cantidad de precipitación apenas ha variado o se ha llegado a incrementar, las sequías continuarán aumentando».
El calentamiento global está intensificando las condiciones que favorecen las sequías y elevan el riesgo de incendios. «Si el aire es cálido, secará el terreno. Si cada vez aumenta más su temperatura, la tierra se resecará más, lo que hace que sea propensa a incendios forestales», añadió Dominik Schumacher, otro de los autores del estudio.
Además, dependiendo del entorno y su transformación, las consecuencias pueden ser distintas. Un episodio de lluvia intensa no tendrá el mismo efecto en un lugar cubierto de vegetación que en una zona urbana en la que el suelo está cubierto por asfalto y otras superficies impermeables, que reducen la infiltración del agua. Según la Agencia Europea de Medio Ambiente, el terreno que ocupan las ciudades de la Unión Europea ha aumentado un 78 % desde mediados de la década de 1950 y cerca de la mitad de su superficie está actualmente sellada, lo que favorece las inundaciones.
Del mismo modo, la pérdida de vegetación facilita la erosión, altera las propiedades del suelo y reduce su capacidad para retener humedad. La FAO estima que más de mil seiscientos millones de hectáreas de tierra están degradadas por prácticas de uso y gestión no sostenibles. Cuando las partículas de la capa superficial de estos suelos llegan a los cauces, aumenta la carga de sedimentos y pueden afectar a los ecosistemas; el problema suele hacerse evidente cuando la pérdida de suelo ya es considerable.
Para determinar cuánto suelo se pierde, de dónde procede y dónde acaba depositándose pueden emplearse técnicas basadas en radionucleidos de deposición atmosférica. Entre los más utilizados se encuentran el cesio-137 (¹³⁷Cs), el plomo-210 en exceso (²¹⁰Pbex) y el berilio-7 (⁷Be), que, una vez depositados, se asocian fuertemente a las partículas del suelo y se desplazan con ellas cuando estas son movilizadas por la erosión. Su distinto origen y, sobre todo, su diferente historia de deposición permiten estudiar la redistribución del suelo en varias escalas temporales.
El ¹³⁷Cs, introducido en el medio principalmente por las pruebas nucleares atmosféricas realizadas a partir de mediados del siglo XX, proporciona información sobre procesos ocurridos durante aproximadamente las últimas cinco o seis décadas. El ²¹⁰Pbex, de origen natural y depositado continuamente desde la atmósfera, permite ampliar esa perspectiva y estimar tasas de redistribución del suelo correspondientes a periodos de hasta aproximadamente un siglo. Por su parte, el ⁷Be, con un periodo de semidesintegración de unos 53 días, permite analizar procesos recientes e incluso la redistribución asociada a episodios concretos de precipitación. El uso combinado de estos trazadores permite reconstruir la evolución de la erosión y la sedimentación a diferentes escalas temporales y localizar las zonas en las que la pérdida o acumulación de suelo es mayor.
Estas técnicas pueden complementarse con el análisis de isótopos estables. Entre ellos, el carbono-13 permite identificar el origen de los sedimentos a partir de la firma isotópica de determinados compuestos orgánicos asociados a la vegetación y a los distintos usos del suelo. Al comparar esas firmas con las presentes en el material acumulado en un cauce o una zona de depósito, es posible determinar qué áreas de una cuenca contribuyen en mayor medida al aporte de sedimentos y orientar hacia ellas las medidas de conservación y gestión del territorio.
Bosques, fuego y gestión
Los bosques cubren el 31,81 % de la superficie terrestre del planeta y casi el 40 % de la de Europa. Además de almacenar carbono y albergar una parte importante de la biodiversidad, regulan el ciclo del agua, protegen el suelo y proporcionan recursos a millones de personas. Lamentablemente, cada año se reducen las hectáreas forestales debido, entre otras causas, a los incendios, cuyo riesgo y severidad pueden verse agravados por el cambio climático.
En 2025, España y Portugal acumularon alrededor de 646 000 hectáreas quemadas hasta finales de agosto, el 65 % de toda la superficie afectada por incendios en Europa. En España se alcanzaron 380 877 hectáreas y, en Portugal, 265 139, cifras acumuladas récord para ambos países en la serie del Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales (EFFIS). Aunque el número de incendios es elevado, una pequeña parte concentra la mayor superficie quemada. Según el avance informativo del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, los 63 grandes incendios forestales registrados en España en 2025 representaron solo el 0,77 % de los siniestros, pero concentraron el 87,42 % de la superficie forestal afectada.
Alrededor del 95 % de los incendios forestales tiene origen humano. Una chispa procedente del uso de maquinaria agrícola o un fuego mal apagado pueden iniciar el incendio; que ese foco se transforme después en un fuego difícil de controlar depende de la cantidad y continuidad del combustible vegetal, de la humedad, de las condiciones meteorológicas y de la topografía. Precisamente, el relieve tiene un papel muy importante. El fuego avanza con mayor rapidez por las pendientes ascendentes porque el calor de las llamas calienta y seca la vegetación situada por encima del frente. El viento puede acelerar esa propagación y transportar pavesas a zonas situadas por delante del frente. El viento puede acelerar esa propagación y transportar pavesas a zonas situadas por delante del
incendio, generando nuevos focos. Cuando estas condiciones coinciden con una vegetación seca y continua, el comportamiento del fuego llega a superar la capacidad de los medios de extinción y obliga a los equipos a concentrarse en proteger las poblaciones, las infraestructuras y determinados puntos estratégicos mientras esperan a que cambien las condiciones que alimentan el incendio.
Estas situaciones son cada vez más frecuentes. El análisis de la campaña de 2025 realizado por Copernicus muestra que durante el verano la península ibérica experimentó condiciones meteorológicas excepcionalmente favorables para la propagación del fuego: en algunas zonas del noroeste peninsular, agosto registró 18 días con un índice meteorológico de peligro de incendios extremo, aproximadamente cuatro veces la media del periodo 1991-2020.
Dado que las condiciones meteorológicas no pueden controlarse, las acciones para reducir el impacto de estos fenómenos adquieren una relevancia cada vez mayor. La Comisión Europea considera que la gestión de la vegetación que puede actuar como combustible es una de las principales medidas para disminuir el riesgo de grandes incendios. Si se gestiona el territorio de manera adecuada se puede recuperar un paisaje más heterogéneo, en el que las masas forestales alternen con cultivos, pastizales, matorrales y otras áreas abiertas para reducir la continuidad de la vegetación. En este sentido, el pastoreo extensivo puede contribuir a mantener estas zonas abiertas al consumir parte de la biomasa que, si se acumula, se convierte en combustible durante los periodos de sequía. El proyecto europeo LIFE Landscape Fire, desarrollado entre 2019 y 2024 en la región portuguesa de Viseu Dão Lafões y en las comarcas extremeñas de Sierra de Gata, Las Hurdes y Sierra de San Pedro, ha puesto en marcha esta idea combinando quemas prescritas y pastoreo para generar paisajes más resistentes al fuego. Más de 3300 hectáreas fueron objeto de estas actuaciones piloto, entre las que también se incluyeron formación, cercados móviles y sistemas de vallado virtual para dirigir el pastoreo hacia las áreas en las que era necesario reducir la biomasa. Esta metodología se ha implementado con éxito en zonas de Andalucía y Cataluña.
La prevención puede actuar también directamente sobre la estructura del bosque. La selvicultura preventiva incluye podas, desbroces y reducción de la densidad del arbolado para disminuir la cantidad de combustible y crear discontinuidades que dificulten la propagación del fuego, en especial en las zonas más expuestas, en puntos estratégicos o alrededor de áreas habitadas. En este último caso es importante reducir el combustible alrededor de las construcciones y, al mismo tiempo, evitar que las propias edificaciones y sus alrededores se conviertan en nuevos focos de propagación.
A estas medidas se suma la vigilancia para detectar un incendio durante sus primeras fases. A escala europea, el EFFIS integra datos sobre peligro de incendio, focos activos y superficie afectada y permite seguir la evolución de los incendios casi en tiempo real.
Ante unas condiciones climáticas que ya están cambiando, una gestión integral del paisaje puede reducir la vulnerabilidad del territorio y mejorar su resiliencia frente a los fenómenos extremos.
Recuperación del suelo
La pérdida de la vegetación deja el suelo expuesto a los fenómenos atmosféricos y modifica sus propiedades físicas, químicas y biológicas. Además, tras un incendio, la degradación del terreno aumenta la escorrentía y la erosión. Por lo tanto, para evitar que el suelo que queda se pierda con las primeras precipitaciones, es necesario llevar a cabo diferentes actuaciones que dependen de la pendiente, el tipo de suelo, la severidad del fuego y la capacidad de regeneración natural de la vegetación. Entre las medidas utilizadas se encuentran la colocación de fajinas —troncos o restos vegetales dispuestos siguiendo las curvas de nivel— y la construcción de pequeñas barreras o albarradas en las cárcavas para frenar la velocidad del agua y retener sedimentos. También pueden emplearse acolchados vegetales de modo que cubran el terreno y reduzcan el impacto directo de la lluvia. Un análisis² realizado en cuatro zonas de Castilla-La Mancha y basado en diez años de observaciones mostró que no todas las actuaciones tras un incendio tienen la misma eficacia frente a la erosión. Entre las medidas estudiadas, los acolchados vegetales fueron los que ofrecieron mejores resultados, especialmente los realizados con paja de trigo. La recuperación de la cubierta vegetal es otra de las herramientas fundamentales, pero no siempre es necesario reforestar de forma inmediata. La restauración debe partir de la capacidad de regeneración del propio ecosistema y reservar las plantaciones para las zonas en las que la recuperación natural no sea suficiente. Además, un estudio en el que participaron investigadores del CSIC³ y de las universidades de Évora y Sevilla comprobó, mediante espectrometría de masas de ultra alta resolución, que las actuaciones de restauración aplicadas después de un incendio no consiguen recuperar a corto plazo la composición original de la materia orgánica del suelo. Las cubiertas vegetales pueden acelerar algunos procesos, pero la recuperación de la materia orgánica requiere el aporte continuado de restos vegetales y el desarrollo de actividad microbiana durante años.

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