Alfa 67
El reportaje sobre la evolución de la gestión de residuos radiactivos aborda el cambio desde los antiguos vertidos oceánicos hasta la cultura actual de caracterización, confinamiento y vigilancia, apoyada en los hallazgos de las campañas submarinas NODSSUM en el Atlántico. El espacio dedicado al transporte de material nuclear se adentra en los sistemas técnicos y reguladores que permiten el movimiento anual de millones de envíos, analizando el reto de las denegaciones y demoras en radiofármacos. Por su parte, la entrevista a Silvia Calzón, consejera del CSN, aporta una reflexión sobre la prevención, la cultura de seguridad, la cooperación institucional y la importancia de que las organizaciones sean verdaderamente comprensibles para la sociedad.
El artículo técnico presenta las claves del almacenamiento geológico profundo de residuos radiactivos a partir de un taller internacional en Madrid con especialistas de más de veinte países. Completan el número la propuesta educativa «Aprender ciencia haciendo ciencia» para fomentar el juicio crítico en las aulas, el perfil de la plataforma PEPRI sobre coordinación de la I+D+i en protección radiológica, y la trayectoria de Katalin Karikó en «Ciencia con nombre propio» sobre el desarrollo de las vacunas de ARNm.
«La seguridad no se mide únicamente por cómo se responde a una incidencia, sino también por la capacidad de evitar que llegue a producirse»
Texto: Pablo Santamarta
Ha trabajado en ámbitos muy vinculados a la prevención, la protección de la salud y la gestión de riesgos complejos. ¿Qué paralelismos encuentra entre su experiencia y el trabajo que desarrolla en el CSN?
A lo largo de mi trayectoria he trabajado siempre con un mismo objetivo: proteger la salud de las personas frente a riesgos muy diversos, desde enfermedades transmisibles hasta factores ambientales, laborales o tecnológicos. La protección radiológica forma parte también de ese ámbito.
La medicina preventiva y la salud pública me enseñaron que la mejor protección es la que se ejerce antes de que aparezca el daño, mediante la vigilancia, la anticipación y la prevención. Esa misma lógica está muy presente en el trabajo del CSN.
Por eso, encuentro una gran coherencia entre mi trayectoria y la labor del Consejo. Compartimos una misma cultura de prevención y una misma vocación de servicio público: que el avance científico y tecnológico vaya siempre acompañado de las máximas garantías de seguridad.
¿Hay alguna lección aprendida que considere especialmente útil para un organismo regulador como el CSN?
La gestión sanitaria me enseñó que la seguridad no depende únicamente del conocimiento técnico. También exige organizaciones capaces de coordinar miles de profesionales, gestionar el cambio y compartir objetivos.
Mi etapa en la Administración general del Estado reforzó además la importancia del diálogo entre instituciones, comunidad científica, profesionales y sociedad. Buena parte de mi trabajo ha consistido precisamente en tender puentes entre ámbitos distintos para construir soluciones comunes.
Esa experiencia me resulta especialmente útil en el CSN, donde el rigor técnico debe ir acompañado de cooperación institucional y capacidad de diálogo.
¿Qué aporta una mirada de salud pública a la toma de decisiones de un organismo regulador?
La salud pública aporta una visión integradora del riesgo, que conecta la evidencia científica, la toma de decisiones y el impacto social.
Esa mirada ayuda a plantear preguntas complementarias: cómo anticipar los riesgos, cómo comunicarlos y cómo asegurar que las medidas de protección lleguen efectivamente a trabajadores, pacientes y ciudadanía.
No se trata de sustituir otras perspectivas, sino de complementarlas desde una visión centrada en la protección de la salud de las personas.
La pandemia supuso un escenario inédito en el que hubo que tomar decisiones complejas en un contexto de gran incertidumbre.
¿Qué aprendizajes de aquella experiencia le resultan hoy más útiles en el contexto del CSN?
Una de las principales enseñanzas de aquella etapa fue comprobar que las decisiones complejas rara vez se toman en condiciones de certeza absoluta. Hay que actuar con la mejor evidencia científica disponible, pero manteniendo siempre la capacidad de revisar y adaptar las decisiones a medida que evoluciona el conocimiento.
La pandemia puso de manifiesto además el valor de la preparación. Los sistemas más resilientes son aquellos que han invertido previamente en vigilancia, formación, planificación y coordinación.
La seguridad se hace más visible cuando falla. ¿Cómo se evalúa y se explica a la sociedad la eficacia de una labor cuyo mejor resultado es que no ocurra nada?
La prevención tiene una peculiaridad: cuando funciona, suele pasar desapercibida. Ocurre con la seguridad alimentaria. Consumimos alimentos cada día con normalidad sin ser conscientes del enorme trabajo de vigilancia, evaluación y control que existe detrás para proteger nuestra salud.
Algo parecido sucede con la seguridad nuclear y la protección radiológica. Cuando los sistemas funcionan adecuadamente, no suelen ocupar titulares. Pero detrás de esa aparente normalidad existe un trabajo continuo de supervisión, evaluación e inspección.
La seguridad no se mide únicamente por cómo se responde a una incidencia, sino también por la capacidad de evitar que llegue a producirse. Por eso es importante explicar cómo se construye esa seguridad, qué controles existen y cómo se toman las decisiones.
En ese sentido, el CSN comparte una característica con muchas actividades de salud pública: una parte importante de su éxito consiste precisamente en que los riesgos estén identificados, controlados y sometidos a vigilancia permanente.
Hablar de seguridad conduce casi siempre a infraestructuras o tecnologías. Sin embargo, usted insiste en las organizaciones y las personas. ¿Hasta qué punto la seguridad es también una cuestión de cultura institucional?
Con frecuencia asociamos la seguridad a infraestructuras, equipos o procedimientos, pero detrás de todos ellos siempre hay personas y organizaciones que toman decisiones.
La experiencia me ha enseñado que los mejores resultados se alcanzan cuando existe una cultura compartida de responsabilidad, aprendizaje y mejora continua.
La cultura de seguridad del ámbito nuclear destaca precisamente por esa capacidad de anticipación y aprendizaje continuo.
En definitiva, la tecnología es imprescindible, pero la seguridad también es una cuestión de valores, comportamientos y compromiso colectivo.
¿Es posible gestionar riesgos complejos sin una verdadera cultura de cooperación institucional?
No lo creo. Los riesgos complejos rara vez pueden gestionarse desde una única institución o disciplina. Cuanto más complejo es un riesgo, más necesario resulta integrar conocimientos, capacidades y responsabilidades diferentes.
La seguridad nuclear y la protección radiológica responden a esa misma lógica. La cooperación institucional no es un elemento accesorio, sino una condición necesaria para tomar mejores decisiones y disponer de sistemas de protección más eficaces.
Transparencia no significa únicamente publicar más información. ¿Qué distingue a una institución que informa de otra que consigue que la ciudadanía comprenda y pueda valorar sus decisiones?
La transparencia es una condición necesaria, pero no siempre suficiente. Una institución puede poner a disposición de la ciudadanía una enorme cantidad de información y, aun así, no conseguir que se comprendan sus decisiones. La diferencia está en la capacidad de contextualizar y explicar qué significan esos datos, qué criterios sustentan una decisión y qué alternativas se han valorado.
Creo que una institución moderna debe aspirar no solo a ser transparente, sino también a ser comprensible. La confianza no se construye únicamente compartiendo información, sino ayudando a que las personas entiendan cómo y por qué se toman las decisiones que les afectan.
En el Ministerio de Sanidad impulsó la incorporación al Sistema Nacional de Salud de tecnologías avanzadas, desde los equipos de alta tecnología del Plan INVEAT hasta la implantación de la protonterapia. ¿Qué ha aprendido sobre el equilibrio entre innovación y seguridad cuando se introducen nuevas tecnologías sanitarias?
Una de las principales lecciones que he aprendido es que la innovación y la seguridad no son objetivos contrapuestos. Al contrario, las innovaciones que transforman realmente un sistema sanitario son aquellas que incorporan la seguridad desde el principio.
A menudo asociamos la innovación a la adquisición de una nueva tecnología, pero el verdadero desafío está en conseguir que se integre adecuadamente en el sistema. Eso exige profesionales formados, infraestructuras adecuadas, procedimientos bien definidos y una evaluación continua de los resultados.
Cada avance tecnológico plantea nuevos retos y exige reforzar capacidades en formación, protección radiológica e infraestructuras.
Por eso creo que la pregunta no es cuánto tardamos en incorporar una innovación, sino cómo conseguimos hacerlo de manera segura, equitativa y sostenible. La innovación sanitaria solo alcanza todo su potencial cuando el sistema está preparado para integrarla.
La medicina nuclear, la radioterapia y el auge de la teragnosis amplían las posibilidades diagnósticas y terapéuticas, pero plantean nuevas necesidades de producción y suministro de radioisótopos, de formación y de protección radiológica. ¿Está evolucionando la capacidad reguladora al mismo ritmo que estas aplicaciones clínicas?
La capacidad reguladora está evolucionando, pero deberá seguir haciéndolo de forma continua para acompañar unos avances que se producen a gran velocidad. Estamos viviendo un auténtico cambio de paradigma en la medicina nuclear. El desarrollo de la teragnosis y de nuevos radiofármacos está impulsando una medicina cada vez más personalizada, precisa y con mayores posibilidades terapéuticas.
Este avance exige reforzar capacidades en ámbitos como la producción y el suministro de radioisótopos, la formación de los profesionales, las radiofarmacias, las infraestructuras sanitarias, la protección radiológica y la regulación. En el ámbito de los radiofármacos, el suministro forma parte de la propia prestación sanitaria.
El reto no consiste solo en garantizar la seguridad, sino en hacerlo de forma que pacientes y profesionales puedan beneficiarse de estas innovaciones con todas las garantías.
En definitiva, la clave está en acompasar la velocidad de la innovación con la preparación de los sistemas sanitarios y la evolución de los marcos regulatorios. Esa combinación de innovación y seguridad será una de las grandes cuestiones de los próximos años.
Creo que los principios fundamentales son muy similares en todos los sectores donde la seguridad es crítica. Las organizaciones más seguras no son las que asumen que los errores nunca ocurrirán, sino las que desarrollan mecanismos para identificarlos, analizarlos y aprender de ellos.
En sanidad hemos aprendido mucho sobre el análisis de incidentes, el trabajo multidisciplinar y la necesidad de situar a las personas en el centro de los procesos. Por su parte, la seguridad nuclear cuenta con una larga tradición en metodologías de análisis del riesgo y en cultura de seguridad.
Una de las experiencias más interesantes ha sido precisamente la traslación de algunas de estas metodologías al ámbito sanitario. Proyectos como MARR (matrices de riesgo en radioterapia) y MARRTA (matrices de riesgo en radioterapia con técnicas avanzadas) han permitido aplicar herramientas de análisis prospectivo de riesgos a los procesos de radioterapia, ayudando a identificar fallos potenciales antes de que lleguen a afectar a pacientes o profesionales.
En el fondo, la principal lección es que la seguridad no se logra reaccionando ante los problemas, sino construyendo organizaciones capaces de aprender, anticiparse y mejorar de forma continua.
¿Qué líneas de investigación considera prioritarias para España en los próximos años?
La protección radiológica se enfrenta a desafíos cada vez más complejos y la investigación seguirá siendo esencial para anticipar riesgos y apoyar decisiones basadas en la evidencia. Creo que serán especialmente relevantes las nuevas aplicaciones médicas de las radiaciones ionizantes, la protección radiológica en un contexto de rápida innovación tecnológica y el aprovechamiento responsable de herramientas como la inteligencia artificial.
¿Por qué cambio concreto le gustaría que se recordara su paso por el Consejo al término de su mandato?
Me gustaría que mi paso por el Consejo contribuyera a fortalecer una visión más abierta y colaborativa de la protección radiológica, tendiendo puentes entre el CSN, el sistema sanitario, las sociedades científicas, los colegios profesionales, la comunidad investigadora y la ciudadanía.
Si dentro de unos años pudiéramos decir que hemos acercado un poco más la protección radiológica a la salud pública, al sistema sanitario y a la sociedad, me daría por satisfecha.

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