Alfa 66
En este número de Alfa coinciden la biología de ambientes extremos, la mecánica celeste y la protección radiológica fuera de la Tierra. Esta edición dedica su portada a Chernóbil. Cuarenta años después del accidente, un reportaje recorre las evidencias acumuladas sobre mamíferos, anfibios, nematodos y microorganismos en la zona de exclusión, con atención a los trabajos de campo sobre melanismo en ranas y a los estudios genómicos recientes.
El reportaje sobre el eclipse solar total del próximo 12 de agosto, el primero visible desde la península ibérica en más de un siglo, recorre la geometría del fenómeno, abordando la ciencia que solo es accesible durante su totalidad. El espacio sobre radiación espacial examina qué ocurre cuando la Tierra deja de actuar como escudo y la entrevista a Ángel Luis Fernández Recuero, editor de la revista Jot Down aporta una reflexión sobre el lugar de la ciencia en la cultura.
El artículo técnico presenta el proyecto MARRTA, un sistema de análisis proactivo de riesgos en radioterapia con técnicas avanzadas desarrollado de forma conjunta por las principales sociedades científicas del sector y el Consejo de Seguridad Nuclear. Completan el número la Radiografía sobre la doble verificación de las licencias de personal en centrales nucleares, el proyecto RADosis sobre evaluación de dosis por radón en lugares de trabajo con condiciones extremas, y el perfil de CEIDEN, la plataforma que coordina la I+D de fisión nuclear en España.
Resume su manera de entender el periodismo científico en una sola frase: «Dar magnitudes y no adjetivos». Ángel Luis Fernández Recuero, editor de Jot Down y consejero delegado de Menéame, lleva catorce años construyendo una plataforma cultural que trata al lector como alguien «capaz de pensar». Informático de formación, empresario por oficio y editor por convicción advierte que una revista que ignora la ciencia «se condena a hablar solo de la espuma».
Texto: Luis Tejedor
Usted procede del ámbito tecnológico y empresarial. ¿Qué le ha aportado esa formación a la hora de entender la edición y sostener un proyecto cultural?
Sobre todo, en la sostenibilidad del proyecto. Cualquier iniciativa necesita una buena idea, pero también conocimiento contable e informático. De eso depende la viabilidad y la escalabilidad. No tener que depender de terceros para el desarrollo y la optimización de la plataforma que da sentido al negocio es una ventaja empresarial innegable, especialmente cuando no se cuenta con fondos propios ilimitados. Por otro lado, saber programar está conectado con un tipo de organización mental orientada a la optimización que es aplicable a cualquier área del conocimiento, como el sector editorial.
Jot Down nació como revista cultural, pero dedica un espacio estable a la ciencia. ¿Por qué la ciencia debe formar parte de la cultura?
¡La ciencia es cultura! La conjetura de Taniyama-Shimura, las curvas elípticas que conducen al último teorema de Fermat o la hipótesis de Hilbert-Pólya contienen una belleza narrativa que ya quisieran muchas novelas, y excluirlas de lo cultural empobrece la idea misma de cultura. Una revista que se interroga sobre la condición humana no puede prescindir de la física, que describe el escenario donde ocurrimos, ni de la neurociencia, que examina al que se interroga. La ciencia es la forma más exigente y honesta que hemos inventado de hacernos preguntas, y una revista cultural que la ignora se condena a hablar solo de la espuma.
¿A qué atribuye la persistencia de esa separación entre ciencia y cultura humanística en España?
Seguimos arrastrando una herencia donde decir «soy de letras» equivale a una declaración de orgullosa incompetencia matemática, mientras nadie presumiría de no haber leído jamás una novela. La asimetría es reveladora. El científico que cita a Borges resulta sugestivo; el escritor que entiende una ecuación diferencial parece un excéntrico. Esa frontera no responde a la naturaleza del conocimiento, sino a una pereza institucional que el sistema educativo perpetúa y que ciertos gremios defienden porque les ahorra el esfuerzo de salir de su zona de confort. Las dos culturas de las que hablaba Snow nunca debieron ser dos, y en los lugares donde el pensamiento de verdad se mueve esa separación simplemente no existe.
Jot Down se dirige a un lector exigente. ¿Hasta dónde debe esforzarse el medio por hacer accesible un tema complejo?
El medio tiene la obligación de eliminar toda dificultad gratuita —la jerga innecesaria, la oscuridad que disfraza la pereza del que escribe—, pero no la de eliminar la dificultad inherente al asunto. Confundir ambas cosas produce esa divulgación que deja al lector con la sensación de haber entendido algo que en realidad se le ha hurtado. Prefiero respetar al lector pidiéndole que suba un peldaño antes que halagarlo bajándole el listón. Un texto bien escrito acompaña en la cuesta, no la suprime, y el lector exigente agradece precisamente que no se le trate como a alguien incapaz de pensar. La accesibilidad consiste en construir buenos escalones, no en derribar el edificio.
¿Qué entiende usted por ciencia en un proyecto editorial como Jot Down?
Entiendo una actitud antes que un catálogo de disciplinas. Ciencia es la disposición a someter las propias creencias a la posibilidad de estar equivocado y a aceptar el veredicto cuando llega, venga de un experimento o de una demostración. Bajo esa definición caben la física y la reflexión sobre el libre albedrío, la teoría de números y la historia material de un juego de mesa como el parchís rastreado hasta sus antepasados mesopotámicos. No me interesa vigilar las fronteras entre departamentos. Me interesa el método —la duda metódica, la evidencia, la corrección— allí donde aparezca, y ese método es lo único que merece llamarse ciencia en un proyecto editorial.
En tiempos de redes, algoritmos e inteligencia artificial, ¿qué puede aportar una revista cultural frente a la conversación dispersa de Internet?
Puede aportar lo que el algoritmo, por diseño, nunca dará: criterio, jerarquía y memoria. La conversación de Internet es un presente perpetuo que olvida cada mañana lo que ardió la víspera, optimizado para retenernos, no para formarnos. Una revista, en cambio, decide que algo merece quedarse, lo sitúa junto a otras cosas que iluminan su sentido y lo confía a un lector que ha elegido detenerse. Eso no es una rémora del pasado, es exactamente lo que escasea. Frente a la dispersión, la cultura ofrece el gesto más radical disponible hoy, que es prestar atención sostenida a una sola cosa, y mientras quede gente dispuesta a ese lujo habrá sitio para quien lo haga posible.
¿Cómo se equilibran claridad, rigor y capacidad narrativa en un buen texto de divulgación científica?
El rigor es la condición previa —sin él lo demás es propaganda con buena prosa—, pero el rigor, por sí solo, solo produce manuales técnicos. La claridad ordena, la narración seduce y la belleza fija en la memoria aquello que de otro modo se evaporaría. Un buen divulgador entiende que una metáfora exacta puede transmitir más que un párrafo de definiciones correctas, siempre que la metáfora no mienta. El equilibrio inestable está en escribir con la elegancia de un ensayista sin permitirse jamás la mentira piadosa que tantos divulgadores se conceden para no perder al público.
La ciencia avanza mediante duda, revisión y corrección. ¿Cómo se cuenta bien en un ecosistema digital que premia la rapidez y el clickbait?
Mal, casi siempre, y conviene reconocerlo antes de fingir que tenemos la solución. El algoritmo recompensa la certeza porque la certeza genera reacción, y la duda —motor real del conocimiento— no produce clics. Contar bien la ciencia en ese entorno exige nadar contra la corriente del medio, asumir que un titular honesto rendirá menos que uno tramposo y aceptar esa pérdida como coste de hacer las cosas con decencia. La trampa que más me preocupa es la del titular que afirma lo que el cuerpo del artículo matiza, porque casi nadie pasa del titular. Frente a eso solo cabe la lentitud deliberada: escribir como si el lector fuera a quedarse y construir una reputación que valga más que el pico de tráfico de una tarde.
Energía nuclear, salud, clima, inteligencia artificial… ¿Qué herramientas tiene el periodismo científico para informar sin alarmar y sin simplificar?
Dar magnitudes y no adjetivos. El periodismo que dice «niveles peligrosos» sin cifras alarma sin informar, y el que dice «no hay de qué preocuparse» tranquiliza sin informar tampoco. La radiación, por seguir el ejemplo, se mide, se compara con dosis cotidianas, se contextualiza, y un lector adulto es capaz de manejar esa información si se le da completa, en lugar de administrarle el susto o el calmante que más conviene a nuestra línea editorial. El respeto al lector consiste en confiarle la complejidad y la incertidumbre reales —decir lo que sabemos, lo que ignoramos y con qué grado de confianza— en vez de venderle una falsa seguridad en cualquiera de las dos direcciones. El alarmismo y el negacionismo son el mismo pecado: la sustitución del dato por la emoción.
Dada su experiencia en Menéame, ¿considera que las comunidades digitales ayudan a filtrar mejor la información científica o pueden amplificar la desinformación?
Las dos cosas a la vez, y esa simultaneidad es justamente lo difícil de gestionar. Una comunidad sana corrige errores con una rapidez que ningún experto solitario alcanza —he visto desmontar bulos en minutos por gente que sabía más que el autor original—, pero esa misma maquinaria, mal orientada, convierte una intuición falsa en consenso aparente con idéntica eficacia. La inteligencia colectiva no es ni un oráculo ni una turba; depende por completo del diseño que la encauza. Donde hay fricción, contexto y memoria de las decisiones, la comunidad filtra bien. Donde solo hay velocidad y recompensa inmediata a la indignación, amplifica el ruido. Dirigir Menéame me ha enseñado que la pregunta relevante nunca es si la multitud acierta, sino qué incentivos le hemos puesto delante.
La inteligencia artificial ya forma parte de los procesos de edición en el periodismo. ¿Dónde sitúa la frontera entre usarla como herramienta y delegar en ella el trabajo intelectual?
La frontera la pongo en la responsabilidad. Una herramienta extiende mi capacidad sin sustituir mi juicio, y mientras yo firme y responda de cada palabra el modelo es eso, una herramienta, tan legítima como el corrector ortográfico o el buscador. El problema empieza cuando se delega la parte que define el oficio —decidir qué importa, sostener una afirmación, asumir el error—, porque entonces no se ha automatizado una tarea, se ha vaciado una función. En Contralgoritmia sostengo que el riesgo mayor no es que las máquinas piensen, sino que dejemos de hacerlo nosotros por comodidad y llamemos a eso eficiencia. Uso la inteligencia artificial todos los días y enseño a usarla, precisamente porque conozco la diferencia.

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