Alfa 66
En este número de Alfa coinciden la biología de ambientes extremos, la mecánica celeste y la protección radiológica fuera de la Tierra. Esta edición dedica su portada a Chernóbil. Cuarenta años después del accidente, un reportaje recorre las evidencias acumuladas sobre mamíferos, anfibios, nematodos y microorganismos en la zona de exclusión, con atención a los trabajos de campo sobre melanismo en ranas y a los estudios genómicos recientes.
El reportaje sobre el eclipse solar total del próximo 12 de agosto, el primero visible desde la península ibérica en más de un siglo, recorre la geometría del fenómeno, abordando la ciencia que solo es accesible durante su totalidad. El espacio sobre radiación espacial examina qué ocurre cuando la Tierra deja de actuar como escudo y la entrevista a Ángel Luis Fernández Recuero, editor de la revista Jot Down aporta una reflexión sobre el lugar de la ciencia en la cultura.
El artículo técnico presenta el proyecto MARRTA, un sistema de análisis proactivo de riesgos en radioterapia con técnicas avanzadas desarrollado de forma conjunta por las principales sociedades científicas del sector y el Consejo de Seguridad Nuclear. Completan el número la Radiografía sobre la doble verificación de las licencias de personal en centrales nucleares, el proyecto RADosis sobre evaluación de dosis por radón en lugares de trabajo con condiciones extremas, y el perfil de CEIDEN, la plataforma que coordina la I+D de fisión nuclear en España.
El 12 de agosto de 2026, el primer eclipse solar total visible desde la península ibérica en más de un siglo cruzará una franja de entre 150 y 300 kilómetros de anchura, desde Galicia hasta las Islas Baleares, antes de internarse en el norte de África. Solo durante la totalidad la Luna oculta por completo el disco solar y deja la corona observable a simple vista, un espectáculo que desde Janssen y Eddington hasta hoy ha hecho de cada eclipse un laboratorio de física fundamental. En cualquier otra fase, una porción del disco sigue activa: una radiación suficiente para lesionar la retina de forma irreversible sin emitir ninguna señal de dolor.
Texto: Desiré Alija
¿Por qué es posible que la Luna oculte por completo el disco solar? La respuesta es una de las coincidencias más improbables del sistema solar. El Sol es unas cuatrocientas veces mayor que la Luna, pero también está aproximadamente cuatrocientas veces más lejos, de modo que ambos presentan casi el mismo tamaño angular –en torno a 0,5 grados– vistos desde la superficie terrestre. Eso permite que el disco lunar cubra exactamente el Sol, exponiendo la corona sin ocultarla. La diferencia con los eclipses lunares ilustra bien la geometría del fenómeno: un eclipse de Luna es visible desde toda la mitad de la Tierra orientada hacia él; un eclipse solar total solo se ve desde una franja estrecha, lo que convierte cada totalidad en un evento geográficamente irrepetible. Laura Hermoso Muñoz, investigadora postdoctoral en la Universidad de Oviedo y el Instituto de Ciencias y Tecnologías Espaciales de Asturias (ICTEA), y doctora en Astrofísica por la Universidad de Granada y el Instituto de Astrofísica de Andalucía (CSIC), explica por qué tampoco ocurren en cada luna nueva: «El plano orbital de la Luna está inclinado respecto a la eclíptica, por eso no se producen eclipses en cada luna nueva. Eso es lo que hace que este fenómeno sea tan especial». Un mismo lugar de la Tierra recibe una totalidad solar aproximadamente cada 375 años. Y la coincidencia no es permanente: la Luna se aleja de la Tierra a razón de 3,8 cm por año en promedio, según las mediciones actuales de telemetría láser lunar. Dentro de unos seiscientos millones de años, su tamaño aparente habrá disminuido lo bastante como para impedir los eclipses totales perfectos: solo quedarán los anulares, en los que el disco lunar deja visible un anillo de Sol en el borde.
La predictibilidad del fenómeno se asienta sobre uno de los ciclos más antiguos identificados por la astronomía: el Saros, un periodo de 18 años, 11 días y unas 8 horas, tras el cual la geometría Sol-Tierra-Luna se repite con un desplazamiento de unos 120 grados en longitud terrestre. Cada serie Saros produce decenas de eclipses a lo largo de siglos, y son series distintas las que confluyen para que España viva tres eclipses solares consecutivos: el del 12 de agosto; el total del 2 de agosto de 2027, con su franja sobre el estrecho de Gibraltar y la totalidad en el sur de Andalucía, Ceuta y Melilla –con casi cinco minutos de duración en Ceuta, el punto de España con mayor duración de la totalidad–, y el anular del 26 de enero de 2028, visible desde Cataluña. Tres eclipses en tres años sobre territorio español constituyen una concentración inusual en escala histórica; tras esta tríada, España no volverá a contemplar otro eclipse solar total hasta 2053.
Lo que solo se ve en la totalidad
Durante la totalidad, el espectáculo científicamente más singular es la corona solar, visible a simple vista. La corona es la atmósfera exterior del Sol, una envoltura de plasma tenue que se extiende varios radios solares y alcanza temperaturas de entre uno y tres millones de kelvin –mientras que la fotosfera, la superficie visible del Sol, se sitúa en torno a 5778 K–. Esa inversión térmica, identificada por Grotrian en 1939 y confirmada por Edlén en 1943, es uno de los problemas abiertos más conocidos de la física solar. Las hipótesis vigentes apuntan al calentamiento por ondas magnetohidrodinámicas y a la reconexión magnética a pequeña escala, pero ninguna explica el fenómeno por completo.
La contribución de los eclipses a la física moderna tiene varios episodios fundacionales. Durante la totalidad del 18 de agosto de 1868, observada en India y Tailandia, Janssen y después Lockyer registraron una línea espectral desconocida en la cromosfera solar; el elemento responsable se denominó helio –de Helios, Sol– y solo se identificó en muestras terrestres en 1895. Cincuenta y un años después, en la totalidad del 29 de mayo de 1919, las expediciones de Eddington a la isla de Príncipe y de Crommelin a Sobral midieron por primera vez la desviación de la luz estelar al pasar junto al Sol. Los valores obtenidos –1,61 ± 0,30 segundos de arco en Príncipe y 1,98 ± 0,12 en Sobral, frente a la predicción relativista de 1,75 segundos de arco– eran consistentes con la relatividad general de Einstein y el doble del calculado por Soldner en 1801 con mecánica newtoniana clásica. Fue una de las primeras verificaciones experimentales de la relatividad general.
Juan Ángel Vaquerizo, astrofísico del Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial (INTA) y experto del proyecto CESAR (ESA-INTA-ISDEFE), describe los fenómenos que acompañan a la totalidad terrestre: «Las perlas de Baily son los puntos de luz que atraviesan los cráteres del perfil lunar en los últimos segundos antes de la oscuridad total. Duran apenas uno o dos segundos, y van seguidas del anillo de diamante. Con el cielo oscurecido, Venus y Júpiter serán identificables a simple vista». El descenso brusco de la temperatura y el cambio en la calidad de la luz son igualmente perceptibles: «No se produce el ocaso que uno imagina; de repente cambia la luz a un tono nocturno y, como es de corta duración, se siente todo con mayor intensidad». Su recomendación es inequívoca: «No hagáis fotos. Miradlo. Es el único momento en que un ser humano puede ver la corona del Sol con sus propios ojos».
Espectro solar, tejido ocular y daño retiniano
El riesgo del eclipse, conviene precisarlo, no reside en el Sol, que no cambia. Reside en cómo el eclipse modifica la conducta del observador. Vaquerizo describe el mecanismo con exactitud: «Se genera una sensación de seguridad por esa ausencia de luz, y el observador cree que puede dirigir la mirada sin protección. Se confía en una seguridad ficticia. La infrarroja, que no se ve, produce quemaduras. Todas esas radiaciones que el observador cree que no llegan son el peligro real». El mecanismo pupilar agrava el problema: la reducción de la luz ambiental durante las fases parciales provoca la dilatación de la pupila, incrementando la superficie de entrada de radiación. El resultado es que, en fase parcial avanzada, puede recibir una dosis lesiva porque la pupila está más dilatada y los reflejos de protección se atenúan, precisamente porque sus defensas se han calibrado sobre una luminosidad aparente que no refleja la carga radiante real.
La diferencia entre observar la totalidad y una fase parcial, aunque sea del 95 % de ocultación, no es solo de intensidad: hay un cambio cualitativo en la seguridad de la observación. Durante la totalidad, la corona resulta observable a simple vista, dado que la irradiancia del disco fotosférico se ha extinguido por completo. En cualquier otra fase, una porción del limbo solar sigue siendo una fuente activa de radiación intensa sobre un ojo dilatado con los reflejos de protección parcialmente inhibidos. Entre un eclipse total y uno casi total no hay una diferencia de intensidad. Hay un salto de naturaleza.
El sistema visual humano dispone de mecanismos de protección que en condiciones ordinarias operan con notable eficacia frente a la radiación solar: el reflejo de cierre palpebral, la constricción pupilar y la aversión al deslumbramiento limitan la exposición antes de que se produzca lesión. Pero la retina, a diferencia de casi cualquier otro tejido del organismo, carece de fibras nerviosas capaces de generar dolor. Durante un eclipse, esas defensas quedan parcialmente neutralizadas. La radiación visible intensa y el infrarrojo cercano pueden alcanzar la retina, mientras que la ultravioleta contribuye a otros daños oculares según la longitud de onda. El daño puede producirse y progresar sin dejar rastro subjetivo alguno; los primeros síntomas –escotoma central, visión borrosa, metamorfopsia, alteración de la percepción del color– aparecen entre cuatro y doce horas después de la exposición, cuando las lesiones ya están establecidas y, en los casos más graves, son irreversibles.
En el fondo del ojo, entre la retina sensible y la coroides, el epitelio pigmentario de la retina sostiene metabólicamente a los fotorreceptores y es la primera estructura en absorber la radiación que ha superado las barreras anteriores. La lesión se concentra en el territorio más valioso del campo visual: la fóvea, donde residen los conos responsables de la visión de detalle. Por eso la marca característica de la retinopatía solar es el escotoma central: una mancha ciega o distorsionada exactamente donde el ojo ve mejor.
La retinopatía solar –también llamada maculopatía solar o foveomacular– abarca desde lesiones leves que remiten en semanas hasta daño permanente sin tratamiento eficaz. Hope-Ross y colaboradores (1993) fueron los primeros en describir las alteraciones celulares en los fotorreceptores; en los casos más graves puede desarrollarse un agujero macular –una perforación en la zona central de la retina– hasta quince días después de la exposición, lo que confirma que el daño continúa progresando días después. Los datos epidemiológicos subrayan que el riesgo persiste pese a las campañas de divulgación: Poremba et al. (2024) documentaron 113 y 124 casos de retinopatía solar y fotoqueratitis tras los eclipses de 2017 y 2024 en Estados Unidos, con un tiempo medio de diagnóstico superior a diez días. La campaña de seguridad más intensa no elimina el riesgo: lo reduce.
La magnitud del daño varía según factores individuales –edad joven, fármacos fotosensibilizantes, capacidad para reconocer y evitar el riesgo– y el pronóstico no siempre es favorable. López Gálvez es precisa: «En algunos casos la lesión revierte lentamente a los tres o seis meses; en otros es permanente. No existe ningún tratamiento de eficacia demostrada». En una serie de 319 pacientes, más del 80 % recuperaron una agudeza visual de 20/40 o mejor (Jain et al., 2012), pero en todos los estudios revisados persisten casos de escotomas permanentes. La tomografía de coherencia óptica –OCT– permite hoy evaluar el pronóstico con una resolución que no estaba disponible en tiempos de los estudios clásicos: el daño en la capa de fotorreceptores internos se correlaciona con peor visión a largo plazo.
La doctora López Gálvez cierra el círculo: «Ojalá sean conscientes de que es un fenómeno único, digno de disfrutarlo en toda su extensión, aunque sin olvidar que la salud visual debe ir por delante». Contemplar el eclipse exige comprender lo que se contempla y preservar la visión que lo hace posible.

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