Alfa 66

En este número de Alfa coinciden la biología de ambientes extremos, la mecánica celeste y la protección radiológica fuera de la Tierra. Esta edición dedica su portada a Chernóbil. Cuarenta años después del accidente, un reportaje recorre las evidencias acumuladas sobre mamíferos, anfibios, nematodos y microorganismos en la zona de exclusión, con atención a los trabajos de campo sobre melanismo en ranas y a los estudios genómicos recientes. 

El reportaje sobre el eclipse solar total del próximo 12 de agosto, el primero visible desde la península ibérica en más de un siglo, recorre la geometría del fenómeno, abordando la ciencia que solo es accesible durante su totalidad. El espacio sobre radiación espacial examina qué ocurre cuando la Tierra deja de actuar como escudo y la entrevista a Ángel Luis Fernández Recuero, editor de la revista Jot Down aporta una reflexión sobre el lugar de la ciencia en la cultura. 

El artículo técnico presenta el proyecto MARRTA, un sistema de análisis proactivo de riesgos en radioterapia con técnicas avanzadas desarrollado de forma conjunta por las principales sociedades científicas del sector y el Consejo de Seguridad Nuclear. Completan el número la Radiografía sobre la doble verificación de las licencias de personal en centrales nucleares, el proyecto RADosis sobre evaluación de dosis por radón en lugares de trabajo con condiciones extremas, y el perfil de CEIDEN, la plataforma que coordina la I+D de fisión nuclear en España.

La variable invisible

La humanidad vuelve a mirar fuera de la órbita baja (LEO) con una pregunta que pertenece a la ingeniería, la medicina y la protección radiológica antes que al ámbito de la exploración: qué ocurre cuando la Tierra deja de actuar como escudo. En ese punto, la radiación no acompaña a la misión como un riesgo lateral. Influye en el diseño del vehículo, en la asignación de masa, en la operación de vuelo, en el seguimiento médico y en los criterios para fijar los límites de dosis aceptables.

Texto: Diego Rodríguez | Imágenes: NASA

En la Estación Espacial Internacional, la magnetosfera terrestre y la geometría Tierra-atmósfera atenúan una parte sustancial del campo incidente. Décadas de operación en LEO han permitido acumular una base extensa de datos dosimétricos y ensayar instrumentos de medida, pero esa experiencia no es directamente extrapolable. En el espacio cislunar y especialmente en un tránsito interplanetario, la protección natural se reduce de forma drástica, el espectro de partículas cambia y la duración de la exposición se prolonga. A partir de ahí, la nave, los materiales, la geometría interior, los modelos de entorno radiológico, la protección de la instrumentación y los procedimientos asumen una responsabilidad que en órbita baja se reparte con la naturaleza.

Tres componentes, tres respuestas

La radiación espacial no es un fenómeno homogéneo. El entorno está formado por tres tipos: la radiación atrapada en el campo magnético terrestre, concentrada en los cinturones de Van Allen; los eventos de partículas energéticas solares (SEP), asociados a erupciones o eyecciones de masa coronal; y los rayos cósmicos galácticos (GCR), un fondo casi continuo de protones y núcleos pesados de muy alta energía que atraviesa el sistema solar y determina la exposición de larga duración fuera de la magnetosfera.

Esa diferenciación es relevante porque cada componente obliga a una respuesta distinta. Los cinturones condicionan sobre todo fases concretas de salida y regreso; la trayectoria puede diseñarse para minimizar el tiempo de tránsito, como hacen los perfiles de escape rápido tipo Apollo o Artemis. Los eventos solares exigen capacidad de alerta, umbrales de actuación y refugios temporales. Los rayos cósmicos galácticos sostienen una carga de fondo difícil de reducir, relevante para el riesgo acumulado y para la radiación secundaria generada cuando las partículas atraviesan materiales.

«El mayor riesgo no es confundir una sigla, sino creer que todas las fuentes de radiación se gestionan igual: los eventos solares pueden tratarse como amenazas agudas para las que cabe planificar refugios y procedimientos; los rayos cósmicos galácticos imponen una carga crónica mucho más difícil de atenuar», sintetiza Anna Fogtman, responsable de protección radiológica del equipo de medicina espacial de la ESA.

Esa asimetría tiene consecuencias prácticas. Los eventos solares son, hasta cierto punto, gestionables: la física de su interacción con los materiales se conoce razonablemente bien, y el riesgo puede reducirse mediante diseño de misión, blindaje, sistemas de alerta, procedimientos y refugios. Pero frente a los rayos cósmicos galácticos, advierte Fogtman, «el blindaje tiene una eficacia limitada; no podemos simplemente añadir más material y hacer desaparecer el problema. En la práctica, una de las medidas de protección más importantes es limitar el tiempo total que los astronautas pasan en el espacio profundo».

La planificación de misiones largas añade una tensión adicional. Piers Jiggens, especialista en entornos y efectos espaciales de la ESA, señala que las misiones tripuladas de larga duración tenderán a programarse durante el máximo solar, cuando la actividad magnética del Sol atenúa los GCR y reduce la exposición crónica. Pero esa misma ventana multiplica la frecuencia de eventos SEP y, con ella, la exigencia de predicción y respuesta operativa. El calendario de lanzamiento es, por tanto, también una decisión de protección radiológica.

La dosis no es solo un número

Una vez identificadas las fuentes, la pregunta cambia: ¿cuál es su impacto? La respuesta no es reducible a una sola cifra. Importan el tipo de partícula, su energía, la dirección de incidencia, la tasa de dosis y la forma temporal de la exposición. Una exposición sostenida a baja tasa no equivale a un aumento brusco de partículas solares; un campo dominado por protones de energía media no se comporta como otro con núcleos pesados de alta energía y mayor capacidad de ionización local.

El gray mide la energía depositada por unidad de masa. La dosis equivalente, expresada en sievert, pondera esa energía según el tipo de radiación: el factor de ponderación para partículas alfa es 20, para protones 2 y para fotones y electrones 1, lo que explica por qué un campo dominado por iones pesados resulta biológicamente más perjudicial de lo que la dosis absorbida sugiere. La dosis efectiva añade la distinta radiosensibilidad de órganos y tejidos. Y el LET (transferencia lineal de energía) ayuda a explicar por qué dos campos con una dosis absorbida parecida pueden no tener la misma eficacia biológica: no importa solo cuánta energía se deposita, sino cómo se deposita.

Fogtman lo formula de manera directa: «No basta con preguntar cuál fue la dosis. Hay que preguntar qué tipo de radiación era, qué energía tenían las partículas, con qué densidad depositaron energía, a qué ritmo se recibió la dosis y si la exposición fue gradual o concentrada en un episodio intenso».

Del daño en tejidos al fallo electrónico

El cuerpo humano es el primer sistema afectado. Fogtman sitúa entre las preocupaciones más asentadas el riesgo de cáncer a lo largo de la vida, las cataratas y las reacciones tisulares a dosis más altas. Al pasar a misiones largas fuera de la órbita baja, crece la incertidumbre: cambia el campo de radiación, se prolonga la exposición y aumenta la contribución de iones pesados de alta energía que no tienen un equivalente sencillo en condiciones terrestres.

El sistema nervioso central requiere una cautela particular. Los estudios en modelos celulares y animales sugieren posibles efectos sobre función cerebral, comportamiento o neuroinflamación, pero no permiten trasladar sin más esos resultados a astronautas. La misión real añade aislamiento, confinamiento, sueño alterado, carga de trabajo, estrés, microgravedad y distancia respecto a la Tierra. El riesgo es plausible y operativo, pero no está cuantificado con precisión.

«El error sería fingir que no sabemos nada. Sabemos lo suficiente para tomar la radiación en serio. Pero también sería erróneo presentar las estimaciones de riesgo como si fueran precisas: no lo son», matiza Fogtman.

Jiggens reubica la incertidumbre: «La mayor incertidumbre recae en el impacto biológico de las dosis, por la complejidad de las interacciones físicas, químicas y biológicas y por la limitada estadística disponible con campos de radiación similares a los del espacio». El entorno físico puede medirse y modelarse cada vez mejor; otra capa de incertidumbre aparece al traducir esas medidas en riesgo para la salud de una tripulación concreta en una misión concreta.

Pero el cuerpo no es el único sistema expuesto. En electrónica espacial, Juan José Jiménez, especialista en efectos de radiación sobre instrumentación espacial, y el físico Ruy Sanz, ambos del INTA, distinguen tres categorías de daño. La dosis ionizante total (TID) describe una degradación acumulativa por ionización que puede alterar propiedades eléctricas, ópticas o de materiales. El daño por desplazamiento (DDD) aparece cuando partículas energéticas desplazan átomos de la red cristalina y generan defectos estructurales. Los efectos de evento único (SEE) ocurren cuando una sola partícula deposita energía suficiente para producir un error de memoria, un transitorio, un enclavamiento (*latch-up*) o, en casos severos, un fallo destructivo.

El *latch-up* ejemplifica bien la naturaleza del riesgo puntual: se manifiesta como un aumento brusco de corriente en el dispositivo. Los circuitos de protección lo detectan y apagan temporalmente el componente para evitar daños permanentes. Si la desconexión llega a tiempo, es seguro reactivar el sistema; si la sobrecorriente persiste, el componente puede sufrir daños permanentes. Gestionar ese margen de reacción es parte del diseño de cualquier sistema electrónico que vaya a operar fuera de la atmósfera.

Blindaje: cuando la materia cambia el problema

Si la radiación afecta por igual a cuerpos y circuitos, la primera intuición es interponer materia. Pero la física del blindaje espacial contradice esa simplificación. María Eugenia Dávila, del ICMM-CSIC, lo expresa con claridad: «La radiación que finalmente llega al interior de una nave no coincide exactamente con la que proviene del espacio, sino que es el resultado de múltiples interacciones con los materiales que atraviesa». El campo interior no es una copia atenuada del exterior. Cuando el entorno primario interactúa con la estructura, intervienen procesos atómicos y nucleares que frenan partículas, fragmentan núcleos incidentes y generan secundarios. Tras el blindaje aparece un campo mixto: partículas primarias degradadas, fragmentos, neutrones, fotones y otras contribuciones que también deben caracterizarse.

Dávila corrige el malentendido más extendido: blindar no es levantar una pared pasiva. Las partículas de alta energía, al atravesar un material, pueden chocar con los átomos del medio y generar partículas secundarias –neutrones, rayos gamma– que en algunos casos resultan más penetrantes o de mayor impacto biológico que la radiación original. «El blindaje no actúa únicamente como un medio absorbente, sino también como un medio generador y modificador del campo radiológico», explica. Atenuar significa reducir fluencia, intensidad o energía; transformar implica cambiar la composición, el espectro energético y la distribución angular de la radiación emergente.

Por eso, la protección real no se basa en una única capa más gruesa, sino en una optimización de materiales, geometrías, recubrimientos y masas disponibles. Las estructuras multicapa, por ejemplo, permiten combinar capas de elementos ligeros –que favorecen la moderación y absorción de neutrones secundarios– con capas de elementos pesados que mejoran la atenuación de fotones de alta energía. Pero ni siquiera estas combinaciones eliminan el problema ante rayos cósmicos galácticos: las reacciones nucleares y la radiación secundaria persisten. «Estas soluciones deben entenderse como estrategias de mitigación y optimización, y no como un blindaje absoluto», precisa Dávila.

Otro equívoco frecuente: materiales más densos o de mayor número atómico no son siempre más eficaces. Dávila recuerda que «no basta con pensar en espesor o en masa total, sino en la masa areal y en cómo está distribuida la materia, ya que lo importante es cuánta interacción acumulada ocurre a lo largo del trayecto». Un blindaje más grueso o más denso puede reducir parte de la radiación primaria, pero también modificar el campo emergente y generar componentes secundarios no previstos.

Geometría interna y protección

Si el blindaje no es una pared, sino una relación entre materia, geometría y campo de radiación, la protección depende también de la arquitectura interior de la nave. Los resultados de Artemis I lo ilustraron con datos concretos: las mediciones en Orion registraron diferencias significativas entre ubicaciones con distinto apantallamiento durante el paso por el cinturón interno de protones, y mostraron que la orientación del vehículo podía modificar de forma notable las tasas de dosis. La protección, en una nave, es también una cuestión de diseño interior y de procedimiento de vuelo.

En escenarios de partículas solares, esa lógica se hace explícita en el concepto de refugio de tormenta (*storm shelter*). No se trata de un compartimento separado del resto de la nave, sino de una configuración que concentra masa útil –agua, alimentos, equipos o estructura– alrededor de una zona donde la tripulación pueda reducir dosis durante un evento.

Pero la misma solución no sirve para todos los escenarios. Jiggens recalca que un blindaje eficaz frente a partículas solares puede tener un efecto contraproducente sobre las dosis de GCR: al ser estos rayos cósmicos mucho más energéticos e incluir iones pesados de mayor carga, su interacción con la materia induce cascadas de partículas secundarias que el blindaje adicional puede amplificar en lugar de reducir. Es otra razón por la que el concepto de refugio de tormenta presenta ventajas: permite concentrar masa de forma selectiva durante un evento SEP, sin añadir protección permanente que amplifique la contribución de los GCR durante el resto de la misión. La estrategia, en definitiva, debe combinar tiempos de exposición, geometrías, zonas de mayor protección y procedimientos compatibles con el diseño global de misión.

La radiación como variable operativa

Si la protección no se reduce a interponer materia, tampoco la gestión del riesgo se reduce a medir. La radiación es una variable transversal de misión: entra en el cálculo de trayectorias, en la ubicación de componentes críticos, en la elección entre masa útil y masa de protección, en la interpretación de alertas solares, en la definición de procedimientos y en el seguimiento médico de la tripulación.

Fogtman lo expresa con claridad: «Si las mediciones de dosis van a parar a un informe, son vigilancia. La dosimetría se convierte en una herramienta médica y operativa cuando guía la acción». Cambiar la ubicación de la tripulación, retrasar o cancelar una actividad extravehicular (EVA), ajustar cronogramas, mejorar blindajes o apoyar decisiones sobre futuras asignaciones de vuelo son ejemplos de esa traducción. En el caso particular de las EVA, Jiggens precisa que el riesgo es distinto al del interior de la nave: «las partículas de menor energía tienen una contribución dominante y alcanzan su pico más tarde, de modo que las observaciones en curso pueden refinar significativamente la predicción». Eso abre un margen de decisión que no existe para las dosis recibidas dentro de la cabina.

«El objetivo no es solo conocer el número. El objetivo es saber qué significa ese número y qué debe hacerse a partir de él», remata Fogtman.

La predicción se organiza en fases de fiabilidad creciente conforme avanza el evento. Las observaciones solares y coronográficas ofrecen una primera alerta, pero Jiggens es explícito sobre sus límites: «La predicción previa a la erupción sigue siendo muy probabilística, con incertidumbres de órdenes de magnitud en las dosis y de horas o días en el tiempo; no se usa en operaciones más allá de sensibilizar a los operadores». Las partículas medidas in situ refinan esa caracterización: los electrones solares, más veloces, llegan antes que los protones y señalan que la nave está magnéticamente conectada con la erupción, ofreciendo un primer indicio de la intensidad del evento que se aproxima. Cuando empiezan a llegar los protones, su espectro energético permite acotar el perfil del evento y, combinado con las observaciones solares, refinar significativamente la predicción. Y las mediciones internas de flujo y dosis, aunque se acercan más al seguimiento en tiempo real (*nowcasting*) que a la predicción (*forecasting*), son las más aplicables, porque permiten calcular la dosis acumulada como función del tiempo y tomar decisiones inmediatas.

En un evento SEP, la mayor incertidumbre operativa suele ser determinar el espectro probable de partículas a partir de una erupción observada: de él dependen la dosis detrás del blindaje, el margen de reacción y la utilidad de las medidas de protección.

Ensayar, medir, anticipar

La protección se articula como un ciclo de medida, ensayo y predicción. Desde el INTA se subraya que caracterizar el entorno radiológico significa cuantificar qué partículas incidirán sobre el sistema, con qué energías, en qué proporciones y durante cuánto tiempo. A partir de esa estimación se derivan magnitudes de ingeniería –TID, DDD y tasas de SEE– que permiten definir condiciones de ensayo en tierra, criterios de selección de componentes y márgenes de diseño. Estas magnitudes dependen del apantallamiento real, la geometría y los materiales que rodean cada sistema, por lo que a menudo se expresan en función de espesores equivalentes de aluminio.

Los ensayos en tierra son imprescindibles, pero no reproducen con plena fidelidad el entorno espacial. Se trabaja con fuentes, haces y condiciones simplificadas; se ensayan por separado mecanismos que en misión pueden acoplarse; se aceleran dosis que en el espacio se acumulan durante años; y no siempre puede reproducirse la mezcla real de partículas, energías, direcciones y geometrías. También puede ocurrir que la sensibilidad a SEE cambie a medida que el dispositivo acumula dosis ionizante o daño por desplazamiento, de modo que el comportamiento al inicio de la misión no sea idéntico al del final de vida útil.

A esas limitaciones se suma un fenómeno contraintuitivo: en algunas tecnologías electrónicas, los efectos de degradación son más severos a tasas de dosis bajas –las más representativas del entorno espacial– que a las tasas altas utilizadas en ensayos acelerados. Este fenómeno, conocido como ELDRS (*Enhanced Low Dose Rate Sensitivity*), afecta especialmente a ciertos dispositivos bipolares y obliga a extremar la cautela al extrapolar resultados de laboratorio a condiciones reales de misión.

«Los resultados obtenidos en ensayos en tierra no deben interpretarse como una reproducción exacta del entorno de misión, sino como una base experimental que debe complementarse con modelos, márgenes de diseño y criterios de ingeniería conservadores», señalan Jiménez y Sanz.

En misiones tripuladas de mayor alcance, esa incertidumbre exige medidas in situ con resolución energética, angular y temporal; dosimetría distribuida; modelos de transporte de partículas; ensayos más representativos de sistemas completos; y capacidad de operación adaptativa. Instrumentos previstos o desarrollados para arquitecturas cislunares, como HERMES de la NASA o ERSA de la ESA, reflejan la dirección en la que se desarrolla la necesidad de medir el entorno radiológico con mayor resolución y de conectar esos datos con modelos de predicción y operación.

La radiación espacial no admite reducción a una cifra única ni a una imagen simple del peligro. Importa cuánta energía se deposita, pero también qué partículas la transportan, con qué espectro energético llegan, cuál es su LET, durante cuánto tiempo actúan y en qué secuencia temporal lo hacen: como fondo sostenido, como tránsito a través de regiones atrapadas o como episodio agudo asociado a un evento solar.

Por eso el problema obliga a abordar sistemáticamente el cuerpo, los materiales, la electrónica, la meteorología espacial y la lógica operativa de la misión. «La reducción de la incertidumbre radiológica no depende de una única mejora aislada, sino de la integración coherente de medida avanzada, modelado multiescala, ensayos representativos y operación adaptativa, cerrando el ciclo entre predicción, validación y respuesta en misión», concluyen Jiménez y Sanz.

La dimensión final, como recuerda Fogtman, no es solo técnica: «¿Quién acepta qué nivel de riesgo, sobre la base de qué evidencia, y con qué transparencia se comunica a los astronautas? Los astronautas no son solo activos de misión. Son personas que aceptan riesgos ocupacionales». La pregunta no es tanto si la radiación espacial constituye un problema conocido, sino cómo decidir con rigor qué incertidumbres pueden asumirse, cómo se pueden reducir y cómo deben comunicarse a quienes deberán convivir con ellas.

Explorar más lejos no consiste únicamente en añadir empuje, autonomía o capacidad de navegación. Consiste en operar con transparencia sobre lo que se sabe y lo que todavía no, en un medio donde la Tierra deja de actuar como escudo y la radiación se convierte en uno de los parámetros que condicionan cada decisión de diseño y operación.